12 junio 2009

Sexo de los demonios

Nadie debería meterse con las costumbres íntimas. Da igual que seas un sesudo filósofo como Foucault, al que le encontraron un arsenal de instrumentos de sadomasoquismo cuando entraron en su habitación, o el venerable David Carradine, con su presunta asfixia en pleno meneo erótico.



La diferencia es que en estos dos casos, el pensador francés nos dio unas cuantas lecciones sobre las relaciones de poder y el viejo pequeño saltamontes nos legó horas y horas de felicidad con peliculones como La carrera de la muerte del año 2000 -por nombrar uno de sus clásicos olvidados-.

Las fotografías y toda la polvareda -en la acepción literal y metafórica del término- levantada por las imágenes de Berlusconi en Villa Certosa, con su desfile de genitales a media asta, chicas de fondo de pantalla de móvil y botas bondage, no entra en esa categoría. A parte de la promoción que supone para cualquier señorita pasar por esas fiestas y de las retocadas normas de sus vuelos, Berlusconi se adentra definitivamente gracias a sus fiestas à la Freddy Mercury -aquellas con enanos hermafroditas con bandejas de plata en la cabeza- en otro grupo: el de los gobernantes lunáticos -algunos dirían pop, si no fuera por su siniestro reverso-. En esa liga jugarían las excentricidades de dictadores africanos, recogidas en un magistral artículo de Mondo Brutto de hace unos tres años y en el libro Payasos y monstruos: dictadores africanos que se creían dioses. Como aquel que impuso la gimnasia sueca a pleno sol subsahariano o el que se paseaba con falda escocesa.

A esa estirpe pertenece esa especie de mini-yo asiático de Elvis, de último koala estalinista, con su ralo tupé, su colección de pelis de James Bond, sus tacones y su agitada vida sexual. El norcoreano Kim Jong-il, calcado a su marioneta de Team America, sería gracioso si no fuera por su tendencia a jugar al Quimicefa atómico. Igualmente narciso fue Mao Zedong que labraba con afán estajanovista a todo un harén de jóvenes concubinas y regalaba herpes para todas porque se negó a limpiarse los bajos durante toda su vida. Tal fue su vigor que hace dos meses una empresa farmacéutica lanzó una campaña con un dibujo de un espermatozoide con peinado de Mao.

Berlusconi, con sus injertos capilares, sus folclóricos numeritos encumbres europeas y su monopolio público y empresarial, juega al mismo nivel. Menos mal que se le puede echar en las urnas. Ah, que lo han vuelto a votar. Vale.


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